miércoles, 5 de agosto de 2009

París.

Los labios entreabiertos exhalaban el humo de un cigarrillo eterno, que salía de su boca como una lenta caricia. Algunos mechones dispersos caían sin orden ni razón sobre su rostro blanquecino, formando un remolino color caoba sobre los hombros desnudos.

Su figura se entallaba en un ajustado vestido negro de raso, favorecedor a unas curvas capaces de enloquecer a cualquiera. Un suave chal descansaba con gracia sobre sus brazos, aunque su utilidad no estuviera del todo clara en una noche tan helada como la de aquel diciembre.
Ella iba descalza.

En la terraza del bar había tan solo dos mesas ocupadas. Un viento repentino había alertado a los demás clientes de que deberían irse a sus acogedoras casas antes de que el frío asesino traspasara sus abrigos. Mas aquella mujer se tomaba su tiempo mientras apuraba su copa de coñac, y mecía su pierna derecha obedeciendo a una melodía imaginaria.

Viéndola de aquella manera, tan hermosa y tan lejana, solo pudo encontrar una palabra para describirla: bohemia.



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