Imagino durante un instante tu figura atravesando los charcos de la calle en dirección a mi portal, y no puedo evitar preguntarme cuántos segundos permanecería la duda en tu cabeza, para luego cerrar la mano que a punto estuvo de tocar el timbre en un puño, enfadándote contigo mismo una vez más por no tener el valor de hacerlo. Casi sonrío, dejando mis dedos mecer la cuchara en la taza de café humeante.
Son las seis y media de la tarde, o eso creo. Mi mente vaga demasiado lejos del tic-tac del reloj como para saberlo con certeza, casi tanto como del libro que descansa en mi regazo desde hace un par de horas. Es aquel que tantas veces he soñado recitarte al oído, y dejar que te duermas a mi lado tan solo escuchando el sonido de mi voz. Sé que si cierro los ojos evocaré tu mirada, y no lo hago. Tengo miedo de encontrarme con tus ojos, y que las palabras que tanto llevo guardando abandonen de una vez por todas mi garganta, y lleguen como una ráfaga de aire hacia ti.
Siento el cuerpo adormilado sobre la cama, rindiéndose ante la tarde monótona. El pensar en tí hace los segundos más eternos y a la vez efímeros. Me recuerdas a las canciones que escuchábamos al principio del verano, cuando el sol era cálido pero no quemaba, y aún no sabía que te quería; la música se adhería a mi piel como tu sonrisa a mi memoria, igual que los acordes eran besos en mis hombros, y mi lunar fue tuyo aquella tarde.
A veces intento odiarte, y por minutos me gusta pensar que lo consigo. Mas luego vuelves, caminando por mi mente, haciéndote paso entre los anhelos que he intentado ocultarte, ignorando las lágrimas traicioneras que siempre esperan en mis pupilas, y el temblor en mis piernas cada vez que te veo aparecer; caminas, y te acercas, y una vez más siento tu beso entre los labios. Te observo desaparecer sin decir nada.
Abro mi ventana del todo, e inspiro el olor a tierra mojada mientras las últimas gotas de lluvia se precipitan sobre el suelo. Las nubes desaparecen poco a poco, y mi melancolía escapa al exterior, buscando otra mente a la que atormentar. Haciendo un último esfuerzo, despego mi mirada del cielo, cierro el libro, y dejo la taza vacía sobre la mesa. Mis pasos me dirigen hacia la puerta, dejando atrás el miedo y el dolor. Fuera hace frío, y yo no llevo mi abrigo. Aún así camino por la acera con lentitud, esquivando a la gente que con prisa vuelve de sus trabajos a sus casas, y pasan por mi lado rozando mi tristeza. La multitud me lleva de vuelta a la realidad, despejando mi cabeza del todo.
Elevo la mirada, y te veo.
Supongo que apenas no separan tres metros, y aún no has reparado en mi presencia. El frío me parece algo secundario, o tal vez es que todavía no he podido respirar. No me importa. Me miras, y el mundo se me cae encima.
Te veo caminar hacia mi, y mi mente reacciona cuando te encuentras a dos pasos. Empiezo a correr, chocando contra la gente, sintiendo la lluvia otra vez caer, y tu mirada traspasándome la nuca, preguntándote porque no estás corriendo detrás mío.
Tal vez no es el momento, y ambos lo sabemos. Pero seguiré esperando a otra tarde como esta, gris y lluviosa de Septiembre.
Búscame entonces, aunque ya no me lo merezca.

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